Pongamos que hablo de aquél chico
Pongamos que hablo de aquél chico,
aquél del que el infierno
se asustaba,
al que los ángeles no reconocían entre los suyos.
El chico que
vivía en tierra de nadie,
que soñaba con la luna llena y tenía pesadillas
cuando la luna era nueva,
el que con sus instrumentos tocaba melodías de
acordes tristes
y era capaz de deprimir con su filosofía destructiva a
cualquiera.
El chico cuya historia sólo conocían sus tatuajes,
el que
coleccionaba gorras de cada ciudad europea que visitaba
y al que le atraía el
tono de la sangre del resto de chicos de su edad.
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