Nadie pudo saber jamás cuanto le atraía el color de su iris
Nadie pudo saber jamás cuanto le atraía el color de su iris,
como de pura era su pupila,
porque atravesaban sus ojos su alma,
ni como se
derrumbaba como el muro de Berlín al verle sonreír.
Se reconstruyó así mismo
soldando sus ruinas
con recuerdos de aquella escapada en su cabaña del lago,
y
cada noche derribaba sus murallas
para que el olor de aquél chico nunca le
abandonara.
Supongo que después de todo hay que ser muy listo para fallar todas
las preguntas,
para saber contar cada caída en los anillos de tu tronco
cortado.
También supongo que enamorarse de una persona está demasiado
sobrevalorado,
y enamorarse de una idea ya hace tiempo que dejó de utilizarse.
Comentarios
Publicar un comentario
Escribe lo que sientas, sintiendo lo que escribes...